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Una mirada especial para ti

¡Tiene que ser ella! No, pues parece que no. ¡Menos mal!, porque menuda cara de pocos amigos que tiene la tía. Si se parece a su hermano, no puede ser ella. ¡Anda mira!, la han nombrado y aquella chica ha levantado la mano, ahí está, parece tímida, ¡a ver cómo reacciona!

Y así comenzó mi primer día de instituto, hace ya, unos 24 años…, ¡casi nada! Entonces la volví a ver cuando salía de clase, mientras buscaba a mis amigas del cole, ya que ninguna coincidimos en la misma clase. Estaba sentada en un banco, justo al lado de la puerta de entrada. Hola, le dije, tú eres la hermana de Óscar, ¿no?. Ella me miró y me contestó: y tú la de Alberto. Solo bastaron esas 2 frases para empezar una de las más bonitas historias de amistad que he vivido y que por suerte, seguimos cargando de experiencias, vivencias, anécdotas, risas, llantos, penas y glorias.

Porque hay amistades que nacen a los pocos minutos de conocerse y otras que tardan años en hacerlo. La nuestra ya sabéis por donde respira.

Tengo muchos amigos y amigas de los de verdad, de los que puedes contar con ellos en cualquier momento, bueno y no tan bueno, pero contigo es distinto o digamos especial. Hemos pasado mucho tiempo juntas, pero hace años que nos empezamos a distanciar. Y ¿qué cambió entre nosotras?, absolutamente nada. Dicen que la distancia hace el olvido, pero esta es la excepción que no confirma la regla. Porque hemos podido estar meses sin vernos e incluso sin enviarnos un simple mensaje, ni una llamada, pero siempre te he sentido cerca y nuestros reencuentros han sido como si nos hubiéramos despedido la noche anterior con un hasta mañana.

Y esto créeme que es muy especial, me atrevería a decir que tiene hasta algo de magia el asunto. A veces parece inexplicable, pero así es y puedo prometer y prometo que nunca he dudado lo más mínimo de mis sentimientos hacia ti.

Te veo y siempre te veré como una gran amiga, como una de mis mejores amigas, porque se dice y así lo considero, que la verdadera amistad no trata de que 2 personas sean inseparables, si no de que puedan estar separadas sin que nada cambie. Y creo que de esto sabemos mucho y tenemos toda clase de pruebas para desmontar argumentos contrarios.

Yo no creo mucho en el destino, pero últimamente me está dando muchas señales y empiezo a pensar que todo ocurre por algo. Y siempre he dicho que mi amistad contigo estaba predestinada, creo que surgió antes de conocernos. Nuestros hermanos ya se habían encargado de darnos a conocer esas inquietudes y esos sentimientos que teníamos en común. Solo tuvimos que buscarnos y empezar a escribir nuestra historia. Nos hicimos inseparables y empezamos a vivir juntas todo eso que se vive a los 14-15 años, esa edad tan pava, sí, la pasamos juntas y eso marca 😉

Nunca olvidaré un día que me dijiste: Cris, estoy súper orgullosa de ti y sabes que lo hiciste en el momento que más necesitaba oírlo, un momento duro para mí y no sé si merecido o no, porque no lo sentía así, pero ese instante lo tengo grabado a fuego, por eso no voy a permitir nunca que camines sola. Hoy soy yo la que estoy orgullosa de ti, siempre lo he estado, pero tu fuerza y tus ganas de sonreír no me permiten sentir otra cosa.

Solo te pido un favor, no dejes nunca de ser como eres, tan humilde, tan atenta, tan valiente, tan tú, porque aunque no te lo creas, hasta en tus “peores momentos” me haces inmensamente feliz.

¡Te quiero Soni!

PD. Las fotos actuales no son, pero sí especiales :).

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¿Miradas perdidas o no invertidas?

¿Y si empezamos a recuperar el tiempo no invertido y dejamos de decir que es tiempo perdido?

Porque no creo que nunca perdamos el tiempo, ni cuando estamos horas tirados en el sofá sin hacer absolutamente nada. Todo lo hacemos porque nos los pide el cuerpo y si tenemos que estar 6 horas mirando a la nada, pues ese descanso que nos llevamos con nosotros. Aunque no quiero hablar aquí de esa “pérdida” de tiempo, era un simple símil para entrar en materia.

Estamos muy acostumbrados a decir que hemos perdido el tiempo cuando el resultado de todo ese tiempo invertido no es el deseado o como solemos decir, es negativo. Pero realmente ¿hay algo negativo en vivir y en experimentar? De todo se aprende y de todo, o casi todo se sale, es cuestión de tiempo y actitud. Y digo casi todo, porque desgraciadamente hay cosas que no dependen solo de la actitud y de la forma que tengamos de tomarnos las cosas, pero en la mayoría de los casos, esta teoría tan práctica, es aplicable.

Podemos hablar de un desengaño amoroso, de un proyecto que no da el resultado esperado, de un amigo por el que has dado todo y te defrauda, de un trabajo no recompensado, de un día sin salir de casa, de horas de más en la cama, e incluso me atrevo a decir de horas de más en el curro, y así podemos seguir, enumerando todo aquello que puede hacernos pensar que perdemos el tiempo.

Parece que siempre tenemos que estar felices e hiperactivos y no caemos en que es necesario pasarlo mal de vez en cuando para darnos cuenta de muchísimos detalles, casi insignificantes, a los que no damos importancia pero que son más grandes que nosotros mismos y nos aportan cosas que no somos capaces de ver, por nuestra ceguera cercana, esa que nos impide ver aquello que tenemos casi rozándonos la piel.

Pero eso sí, vemos e imaginamos todo aquello que está lejos, que muchas veces ni nos va ni nos viene y sobre todo nos encanta lamentarnos por el pasado, ese que tanto daño nos ha hecho, ese que si llegamos a saberlo antes no hubiéramos vivido.

Soñamos, y está muy bien, hay que hacerlo para crecer, pero no basta con soñar y no prestar atención a lo que tenemos alrededor o simplemente a lo que tenemos. Porque si nos dedicáramos solo a soñar, sin tener en cuenta de qué somos capaces y de cómo invertir lo que tenemos con nosotros para sacar el máximo provecho a las cosas, nos terminaremos perdiendo.

Recuperar el tiempo no invertido, es hacer todo aquello que no has hecho y que siempre has querido hacer, es recuperar el tiempo con ese amigo o amiga a la que perdiste un poco de vista por circunstancias de la vida, es recuperar el tiempo que no has pasado con tu familia porque en otro momento “te tocó” o preferiste pasarlo con otra gente, es invertir tiempo en viajar porque anteriormente te has dedicado a trabajar sin parar para poder hacerlo. ¡Puedes recuperar tantas cosas!, pero nunca digas que has perdido el tiempo, porque cada segundo, cada minuto, cada hora y cada día nos muestra y nos enseña, nos pone a prueba, nos debilita, pero también nos hace más fuertes.

Podemos seguir hablando de miradas perdidas o podemos empezar a llamarlas miradas no invertidas o invertidas en algo que en ese momento nos tocó vivir o quisimos que fuera así o no, el caso es que ya están vividas y no hay vuelta atrás. Serán miradas no invertidas en otras cosas que ahora o más adelante, si es lo que deseas, podrás recuperar e invertirlas en lo que realmente te llene o en lo que siempre has deseado y soñado.

¿Invertimos más tiempo juntos? Antes no pudimos, pero ahora, ¿por qué no? ;).


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Huir de nuestra mirada

Estoy segura de que todos en alguna ocasión hemos pensado que tenemos que cambiar, aunque sea mínimamente, aunque sea una rutina, una forma de tomarnos las cosas, nuestra forma de pensar o de actuar en determinados momentos, etc.

Pero de pensarlo a convertirlo en realidad hay un paso bastante grande e importante. Es complicado y más cuando llevas toda tu vida conviviendo contigo. Hay veces que pensamos en huir a otro lugar para deshacernos de los fantasmas que nos persiguen, sin darnos cuenta de que de lo que tenemos que huir, muchas veces, para lograr ese cambio es de nosotros mismos. Me gusta el significado que adquiere la frase: “tengo que huir de mi para cambiar”, porque no es dejar de ser tú, ni mucho menos, eso nunca lo defendería.

Me explico, estamos tan acostumbrados a la forma que tenemos de hacer algo o a la forma de reaccionar ante algo que nos parece lo adecuado y lo normal, por lo tanto, no tenemos esa obligación o pretensión de cambiar. Somos nuestro mayor obstáculo para el progreso.

Aunque nos hagamos los tontos a veces o no nos demos cuenta, conocemos nuestros límites. ¿Y cómo no vamos a hacerlo? Si nos los ponemos nosotros mismos. Nosotros nos ponemos los límites y nosotros nos los quitamos, es así de simple y de complejo. Pero para poder quitarlos o ponerlos lo más alto posible, tenemos que alejarnos, dejar de protegernos y dejarnos actuar de otra manera.

¿Y si probamos a probarnos? ¿Y si nos dejamos de poner barreras y ampliamos nuestro campo de visión y por tanto ponemos nuestras limitaciones cada vez más lejos?

Si ampliamos el campo de visión tendremos el espacio suficiente para huir de nosotros mismos, de nuestras miradas y sin salirnos de lo que realmente somos, seremos capaces de mirarnos desde otro punto de vista, desde un poco más lejos, para cambiar aquello que veamos que no nos convence o que no nos está haciendo bien.

Intenta huir de tu yo negativo, de ese que no te aporta nada, de ese que te dice siempre que no vas a poder, que no lo vas a conseguir, porque si es lo que piensan otros, puede ser un obstáculo para no intentarlo, pero si lo piensas tú, estás más que perdido. Seguro que es mucho más fácil cambiar tu forma de ver las cosas, que intentar cambiar la forma de ver las cosas de los demás.


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Miradas envidiosas vs miradas sanas

¿Cuántas veces hemos oído hablar de la envidia sana? Muchas ¿verdad? Y hemos utilizado ese término una y otra vez. Algo que hacemos para enmascarar la única envidia que existe, la que no nos hace ser mejores personas.

Porque la envidia es mala para la salud por naturaleza, ¿qué es eso de la envidia sana? Es como si hablas del odio sano, un sin sentido absoluto.

La RAE la define como tristeza o pesar del bien ajeno, o como deseo de algo que no se posee. Leyendo la segunda acepción, podemos decir que es bueno desear algo que no se tiene, sobre todo si eso te hace luchar por conseguirlo, pero creo que son cosas distintas, porque envidia es el dolor que sientes o la desdicha mental por no poseer lo que tiene el otro.

Si nos metemos en el psicoanálisis existe una cita que dice: “La envidia daña la capacidad de gozar y de apreciar lo que posee uno mismo. Es el factor más importante del socavamiento de los sentimientos de amor, ternura o gratitud.”

La envidia no se queda solo en ti, la envidia tiene enfrente a otra persona, a la que puedes llegar a coger manía por el simple hecho de que tenga algo que tú deseas y no tienes, ya sea dinero, pareja, una casa en la playa, un coche, un viaje previsto, el conocimiento de idiomas y un largo etcétera que podría no terminar nunca.

¿Dónde está lo sano o healthy, como se suele decir ahora? Creo que nos inventamos términos para suavizar nuestros propios sentimientos, engañándonos una vez más a nosotros mismos.

Hay quien habla de un matiz en la palabra envidia, para hacerla positiva, algo así como un eufemismo. Incluso hay estudios que ven una diferencia en la forma de percibir la envidia, por un lado la “mala”, con la que sientes desdicha por la persona que posee o consigue lo que tú quieres para ti y la “sana”, con la que no sientes nada negativo hacia esa persona.

Está bien, lo compro, pero a medias, como una forma más positiva de ver la envidia, puestos a elegir me quedo con la “sana”, pero considero que ninguna de las dos es positiva para nosotros, metamos o no a una segunda persona en la ecuación, ya que siempre nos va a producir dolor y sentimiento de culpa o inferioridad al pensar que no eres tú el que has logrado tener algo o estar en una posición o lugar determinado.

Y no olvidemos que no es lo mismo añorar algo y tener deseo por algo sin más, que tener deseo por algo que tiene el otro. En la envidia, con o sin eufemismo, como decía antes, interfiere otra persona, que es sobre la que cargamos nuestro malestar.

Cada uno elige si mirar con envidia “sana” o tener una mirada sana sin más. Cómo dijo el gran Unamuno: “La envidia es mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual”.


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Miradas maleducadas

A lo largo de nuestra vida nos cruzamos con todo tipo de gente, simpática, divertida, cariñosa, alta, baja, rubia, morena, guapa, menos guapa, seria, triste, sonriente, positiva, negativa y maleducada. Esta última me la encuentro más de la cuenta.

Será porque viajo en transporte público y aquello se convierte en un “subo yo primero que acabo de llegar y claro, tú estás aquí esperando a que pase el tiempo porque no tienes nada mejor que hacer”. ¡Eso es! me levanto a las 6.30 de la mañana para ir a Atocha a ver pasar el tren de Almería día tras día. Algún día lo cojo sin billete y que pase lo que tenga que pasar. Al menos sé que realiza parada en Alcázar de San Juan, Linares, Baeza, Guadix y Almería, me bajen donde me bajen, la experiencia seguro que es positiva y además llevaría buena compañía ;).

Y es que tengo paciencia infinita, pero con la falta de educación no puedo. Ya no se trata de ir a tu bola y que te importe todo una mierda, que me parece una filosofía de vida tan válida como muchas otras. Es que yo no tengo por qué aguantar tu falta de decoro y no tengo por qué aguantar tus codazos, ni tus pisotones, ni tu mochila, ni que quieras entrar y ya si eso yo me bajo en la siguiente porque no puedo salir, ni tu música, ni tu imaginación para pensar que vas solo por el mundo.

Pero esto lamentablemente no se queda solo en el transporte público por supuesto, hay personas para las que poner la boca de tal forma que el sonido que emita suene algo así como “hola” es más costoso que para mí hacer un burpee de esos que están ahora tan de moda. ¿Y qué me decís de la foto de este post?, no tengo nada más que añadir, sobran las palabras.

Creo que no hace falta ser la mejor persona del mundo, ni haber ido a un colegio de pago para tener un mínimo de educación. Pero lo mejor de todo es que esas personas con tan poco tiento terminan siendo las más quejicas y las que más se revuelven ante las injusticias. ¡Madre mía!, Injusto es que tú puedas seguir relacionándote y viviendo en sociedad, eso sí que me pone los pelos de punta.

Los valores como el respeto, la serenidad y la amabilidad son fundamentales para que una sociedad funcione y lamentablemente es todo lo que le faltan a este tipo de personas.

Considerarse el ombligo del mundo les convierte automáticamente en falsos reyes del mambo con ciertos derechos adquiridos en la puerta de su casa según salen, entregados muy probablemente por los que los rodean habitualmente. Pero yo creo que tienen un punto débil, que a pesar de creerse por encima del bien y del mal, al final son los que menos creen en ellos mismos y canalizan toda esa falta de autoestima en forma de desprecio y desapego hacia los demás.

A todos los maleducados del mundo: me hervirá la sangre cada vez que me crucé con alguno de vosotros, pero no vais a conseguir que me ponga a vuestra altura, porque una cosa tengo clara: si te respetan, respeta, si te faltan al respeto, respeta, nunca, nunca bajes al nivel evolutivo de alguien. Entrar en su terreno es dar un paso hacia atrás. Así que mejor haz como si nada y no maleduques tu mirada.


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Mi mirada natural, ¿o transparente?

Casi siempre me dicen que hablo mucho, algunos creen que demasiado, pero a mí eso no me preocupa, lo que a veces hace que me coma la cabeza, aunque sea solo por un momento, es que no me guardo nada. En el reparto de filtros debí llegar demasiado tarde y mira que yo odio la impuntualidad.

Como le decía hace poco a 2 amigos: es que soy tan natural…, que me sale todo solo. Y qué hago ¿me arrepiento? Para nada, más que incomodidad o malos rollos, siempre suelen producirme risas y buenos ratos. Así que lo positivo gana y todos contentos.

Y sí, así soy yo, incapaz de guardarme secretos y digo guardarme, porque secretos sí que guardo y creedme que bastantes. Soy más fiel con los demás que conmigo misma.

La cosa es que solo veo el problema a veces, ya he desvelado una gran ventaja sobre todo cuando se trata de temas banales y sin importancia, pero hay más. Si hablamos de sentimientos o de formas de ver las cosas, cuando te guardas algo se enquista y a la larga duele. Se forman nudos en la garganta, que terminan por ahogar. Se crean nervios que con el tiempo prenden y te queman.

Yo tengo muy clara la necesidad de desahogar, soltar lastre, decir lo que pienso en cada momento, sincerarme. Hay mucha gente que prefiere ahogarse, quemarse y enquistarse con tal de no romper una coraza, que por no dejar entrar ni salir a nada y a nadie, permite a la persona acabar anclada, sin posibilidad de crecimiento y desarrollo.

¿Por qué nos da tanto miedo hablar sin tapujos? ¿Por qué tanto secreto? Solo le encuentro una explicación y se llama miedo. Y el miedo señores, nos hace perder miles de oportunidades. Y si no que me lo digan a mí, que de lo único que me arrepiento es de aquellas cosas que no he llegado a hacer.

Tampoco es cuestión de lanzar una bomba y esconderse para evitar la metralla. Hay que tener cuidado con qué y a quién te diriges. Hay formas y formas de decir las cosas y de expresarse y momentos y momentos para hacerlo. No todo vale. ¿Qué es lo mejor? Eso ya dependerá de cada uno y de su relación con los demás.

Siempre nos encontraremos con alguien poco flexible e intransigente, que nos juzgará sin apenas conocernos. ¿Pero eso nos importa realmente? Si es así, bienvenido al mundo, “ser artificial”. A mí me va mucho mejor la vida “siendo natural”, ¿o más bien soy transparente? 😉


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La mirada de la indiferencia

El otro día leía una frase que decía: “te voy a ignorar tanto que dudarás de tu existencia”. Y es que yo siempre digo que no hay mejor desprecio que no hacer aprecio.

Porque… ¿cómo molesta cuando quieres discutir con alguien o que te conteste a un tema y la otra persona no entra al trapo, verdad? A todos nos ha pasado alguna vez y creo que duele más cuando te ignoran que cuando te responden de mala manera.

No entrar al trapo lo veo sinónimo de madurez, sé que muchas veces cuesta no contestar y más cuando te crees el portador de la razón absoluta, pero, ¿qué me dices de la satisfacción de pasar e ignorar? Ese punto es algo muy pro, pienso que es un estado muy avanzado.

Es una indiferencia que nos dota de una superioridad moral y que ofende mucho más al contrario.

Yo me he pasado toda la vida entrando al trapo, es más, me encantaba discutir y podía estar horas haciéndolo, pero no en su acepción de charlar y poner diferentes puntos de vista sobre la mesa, sino ese tipo de discusión acalorada en la que si subes el tono de voz crees que ya has ganado.

¿Ganar qué? Pues la verdad que nunca recibí ningún premio y por eso hace ya un tiempo que todo esto cambió. Ahora respiro e intento no hacerlo. No siempre sale bien, pero cuando sale, la satisfacción es enorme.

He llegado a la conclusión de que cuando discutes con alguien nunca te va a dar la razón y no es cuestión de convencer a nadie, como decía, aquí nadie gana, en todo caso nuestro ego, que le encanta alimentarse de las debilidades del que tenemos enfrente. Cada uno tiene sus creencias y su forma de ver la vida. Y yo no voy a ser la encargada de cambiar a nadie, es algo que tengo muy claro y sobre lo que todos deberíamos recapacitar un poco.

Puedo intentar hacer que vea las cosas de otra forma si veo que por ese camino no va del todo bien, pero de ahí a convencer, hay un paso muy grande.

“Te castigaré con el látigo de la indiferencia”, es otra frase que me hace mucha gracia. Y es que no hay mayor castigo, sobre todo para aquellas personas que piensan que son el ombligo del mundo y que todo a su alrededor pasa por y para ellos.

El problema nos lo encontramos cuando la otra persona con la que discutimos es alguien a la que tienes mucho aprecio. Aquí es más complicado, pero no imposible. Mostrar en esta situación indiferencia nos puede llegar a crear algo de ansiedad, ya que pensaremos que la otra persona se va a enfadar más por pensar que realmente no le importas.

Pero nadie es tonto y al final se dará cuenta de lo que has hecho, que no es otra cosa que poner un punto de cordura a una situación que no auguraba un buen desenlace y menos una trama tranquila y enriquecedora.

¡Elige los momentos y se (in)diferente!