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Miradas con impotencia

Y es en esas tardes de domingo de otoño, tumbada en el sofá de casa, con cualquier cosa en la televisión que me haga compañía, en las que me da por pensar, más de la cuenta lo reconozco, pero me resulta algo tan inevitable como el respirar.

Y esta vez me ha dado por analizar  la impotencia que siento ante ciertas situaciones y antes ciertas personas. Y ese pensamiento me ha llevado a un sentimiento de culpa, porque al fin y al cabo la única culpable y responsable de mis pensamientos soy yo, nadie más. Los demás me pueden ayudar, pero soy yo la que tiene la última palabra de a qué dedicarle más o menos tiempo entre mis neuronas.

Y esa culpa me llena de rabia porque me cuesta controlarlo. Es difícil porque me resulta “incomprensible comprender” ciertos comportamientos ajenos a mí y porque soy incapaz de comportarme de una manera fría con ciertas personas o más bien con casi nadie.

Igual es que no tengo que comprender todo, pero claro, ya sabéis cómo somos las personas, que tenemos que estar constantemente haciéndonos preguntas. Esto tiene su parte buena y mala. Mi hermano me decía el otro día que estamos siempre innovando y mirando al de enfrente, que nunca nos conformamos con lo que tenemos o somos y al final nos olvidamos de nuestra verdadera esencia. Parece que hemos venido a este mundo a descubrir enigmas y a entender todo lo que pasa a nuestro alrededor y a envidiar al otro, a medirnos y compararnos.

Y me canso, y siento impotencia porque no sé qué más puedo hacer, porque ya no me queda otra que pensar que soy yo la que hago las cosas del revés, la que tiene un problema que no sabe ni cuál es y mucho menos cómo puede enfrentarse a él.

Quizás la solución sea volverme egoísta, aunque para ello necesite un duro entrenamiento y pierda vidas por el camino. Quizás la solución sea seguir siendo como soy y esperar a que un día algún alma divina me lo devuelta todo en la forma en la que busco las cosas. Quizás la solución sea mantenerme igual y no esperar nada de nadie, conformarme con lo que vaya viniendo sin dedicarle un solo segundo a plantearme o replantearme por qué. Quizás la solución sea callarme e intentar no ser yo, no mostrar mis sentimientos, mantenerme fría y calculadora, construyendo una coraza a mi alrededor que ni los 300 puedan echar abajo.

Quizás, quizás, pero la verdad es que es muy difícil cambiar y pretender ser y actuar como si fueras tu otro yo. Y aprendes, claro que aprendes y tropiezas una y otra vez con la misma piedra y sufres y te levantas y te dices que jamás volverá a ocurrir, pero vuelve, ¡hombre que si vuelve!, es como un boomerang, que aunque no vuelva de una forma idéntica a como lo has lanzado, regresa aunque sea un poco desviado, con una forma algo diferente.

Quizás todo sea cuestión de no cuestionarme tanto, de no darle tantas vueltas a la cabeza. Sí, seguro que se trata de eso, de aceptarme de una vez cómo soy, de estar orgullosa de mí y de dejar de pensar en cómo me mira el resto, dándole la importancia en su justa medida, porque lo peor que nos puede pasar es pensar que nuestra mirada es impotente, que nosotros somos impotentes, porque con esa actitud perderemos todas las batallas y entonces sí que estaremos desacreditados para el resto de la humanidad y tendremos razones suficientes para sentirnos culpables de nuestros fracasos. ¡Entonces sí! ¡Paremos a tiempo!.

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Miradas sin sentido

A menudo vamos tan rápido en esta vida que no nos paramos a saborear nada. Se hace complicado hasta parar un minuto a tomar aire para despejar nuestra mente y continuar con lo que estábamos haciendo.

Y parecerá exagerado lo que cuento, pero creedme que lo he probado y me ha resultado estresante, porque no puedo creer que sea tan difícil conseguirlo, no puede ser tan complicado, pero la práctica me demuestra lo contrario una y otra vez.

Vamos tan atropellados en el día a día que hemos perdido el sentido de todo, hasta de lo más obvio y sencillo. Escribimos un correo electrónico y empezamos a saco con lo que queremos decir, muchas veces no nos paramos a poner un buenos días, cómo estás, algo tan simple se está perdiendo. Hasta yo que cuido esas cosas se me escapan a diario. Trabajaré para corregirlo.

Te encuentras con alguien y si tienes un tema pendiente con él lo abordas importándote lo más mínimo si está bien, mal, regular, si tiene tiempo de escucharnos y más importante aún, si le apetece escucharnos en ese momento.

Hemos perdido la cercanía, la humanidad, la preocupación por los demás, la empatía, porque es mucho más importante que salga un proyecto, que sepas a qué hora es la reunión, que lo que sentimos las personas. Me he ido al terreno profesional en este caso, pero en lo personal nos pasa igual, vamos a contar nuestro libro muchas veces sin pensar si al otro le importa e incluso si le hace bien en ese momento. Y todo porque vamos a velocidad de crucero, con la cabeza llena de nuestras preocupaciones y podría decir de “nuestras mierdas” y escupimos cual metralleta sin más. Y que conste que me pasa muy a menudo, lo importante es tener estos momentos de reflexión para reconocerlo, incluso para decirnos que nunca más va a ser así, aunque volvamos a caer una y otra vez. El caso y muy importante es prestarle atención y reconoce que algo no funciona del todo bien.

Me sorprende que me sorprenda cuando alguien me dice qué tal, cómo estás, qué tal has descansado. Cuando es o debería ser lo más normal del mundo, es un higiénico y muchas veces nos olvidamos de ello, tanto que, además de sacarnos una sonrisa, nos llama la atención y lo valoramos como algo excepcional.

Así somos y no nos damos cuenta que al final eso mismo lo hacemos con nosotros mismos. Eso sí que es triste. Y retomo el inicio de este post. Nos escuchamos muy poco o casi nada y se nos complica cada vez más el tener unos minutos al día solo para nosotros, para escuchar cómo nos sentimos y saber si debemos o no cambiar algo en nuestro estilo de vida. Al final solo nos damos cuenta cuando vemos las orejas al lobo y muchas veces la solución no es fácil y otras tantas es demasiado tarde. Como dice el gran Víctor Kuppers tenemos y debemos aprender a Vivir la vida con sentido.


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Miradas de ensueño

Tal como te miro vuelve, después de unos meses de descanso y reflexión es hora de continuar con algo que me hace sentir bien, que me evade de la realidad y me hace soñar.

Y de sueños quiero hablar, porque soy de esas personas que sueña más despierta que dormida, sí, lo hago muy a menudo y me encanta, porque son sueños que controlo y en lo que todo es ideal, idílico para mí, todo está en mi zona de confort imaginaria, pero al fin y al cabo en una zona cómoda y controlada. Esto puede resultar raro, porque si sueño, ¿por qué no hacerlo a lo grande?, porque quiero conseguirlos  y creo que no hay que perder de vista las limitaciones que tenemos cada uno de nosotros, otra cosa es que hagamos lo posible por superarlas, pero para soñar sin sentido y por soñar ya lo hago dormida todas las noches.

Me imagino muchas situaciones y lo hago desde que era pequeña. Cosas, que aun no siendo exageradas o imposibles de conseguir, en mi mente son tan irreales como los sueños que tengo mientras duermo.Pero es curioso, que con el paso del tiempo algunos de esos sueños imposibles se han ido convirtiendo en realidad. Cuando menos lo esperaba o cuando habían dejado de formar parte de mi imaginación, pero estoy convencida de que a pesar de haber dejado de pensarlo por creer que todo era imposible, he hecho cosas de manera inconsciente para que sucedan, porque solo nosotros somos responsables de lo que nos pasa y de lo que no nos pasa.

Hay que tener paciencia y muchas veces corregir detalles de nuestra actitud y de nuestra forma de ser y ver las cosas para ver cómo esos sueños se alcanzan.

¿Cuántas veces nos hemos imaginado una situación de una forma y ha resultado ser de otra totalmente distinta? Si tengo que responderme a mí misma yo diría que muchísimas, demasiadas o casi siempre. Entonces nos venimos abajo y pensamos que nada tiene sentido, que somos idiotas por haber pensado que iba a ocurrir otra cosa, te sientes mal y te repites una y otra vez que no volverá a pasar, que prefieres soñar solo dormida para no ser responsable de tus sueños o por lo menos, para no sentirte tan culpable por ello.

Y aquí muchas veces llega la impotencia, algo que nos puede hacer entrar en un círculo vicioso, en ese círculo que yo tanto odio que es el me da igual, en la indiferencia. No me gusta ser ni parecer indiferente, porque no va conmigo y solo por una sencilla razón, porque no es verdad. Si muestro indiferencia estoy faltando a mi sinceridad y en ese punto sí que estamos perdidos, creo que no hay nada peor para alcanzar nuestros sueños que mentirnos, que ponernos excusas pensando que son reales.

Pero me he dado cuenta que con calma y sin ponerte fechas las cosas terminan por ocurrir y los sueños se convierten en realidad tarde o temprano. Estoy convencida de que si actúas de buena fe, aunque seas la tonta o el tonto que siempre lo pasa mal y sufre, llegará un día en el que las cosas empiecen a funcionar de la manera en que lo habías soñado.

Así que soñemos, soñemos despiertos, soñemos a lo grande o quedémonos en los detalles, pero soñemos, porque aunque parezca que no hacemos nada solo por soñar, estamos generando pequeñas pautas en nuestra actitud que nos ayudarán a convertirlos en realidad o por lo menos a tocarlos con la punta de los dedos en un acercamiento tan real que nos hará sentir plenos y nos llevará un poquito más a nuestra zona de confort, que no es otra que nuestra zona de ensueño.


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Miradas con decisión

En algunas ocasiones me pregunto si he hecho esto bien o mal o si lo que ha hecho la otra persona es más correcto o menos.

Pero me he dado cuenta de que eso no importa, lo que tenemos que mirar es cómo te hacen sentir tus actos o los de los demás.

Ya puedes llevar razón o querer llevarla, está bien, tú mismo, pero si me haces sentir mal, todo lo demás me da igual. Siempre será tu punto de vista, correcto o mejor para ti, pero no tiene que serlo también para mí.

Porque lo único y más importante es sentirte bien, libre, si no sientes eso, es mejor que te separes de esa persona que te provoca un sentimiento negativo.

Podríamos hablar aquí también de salir de la zona de confort, no serás la única persona a la que le afecte tu cambio, pero que cada cual aguante su vela. Seguramente tus decisiones o actos también afecten a otra persona, pero no por ello vamos a dejar de actuar así. No quiero decir que haya que hacer daño al otro y no pensar en él o ella, pero hay situaciones en las que tenemos que ser egoístas para no lastimarnos.

Nos encanta echarnos la culpa o sentirnos mal por ciertas decisiones que tomamos, porque no sé si os ha pasado alguna vez, a mí unas cuantas, que todo el mundo opina sobre tus decisiones y una cosa es que te den su opinión sin más y otra muy diferente que te digan que te ha​s equivocado, que cómo se te ocurre. ¿Por qué está bien tu forma de pensar y no la mía? Si alguien tiene la explicación, le agradecería una respuesta.

La razón la tenemos cada uno de nosotros y si tu decisión te hace bien, ¿qué tienen que decir los demás?¡Ah sí!, si te sale mal, ya habrá alguien para decirte esa frase tan apetecible de oír y tan empática como es: ¡te lo dije!

Me dijiste ¿qué? ¿Que tengo que vivir mi vida como tú quieras? ¿Que tengo que experimentar las cosas como si estuviera en una película de realidad virtual? ¿Que no puedo experimentar las situaciones en mi propia carne para darme cuenta de las cosas?

La gente que me conoce sabe que soy algo cabezota y que muchas veces me da igual lo que me digan porque voy a actuar como me dicte mi corazón o mi cabeza, depende del momento. Acepto consejos, pero la decisión final es mía y de nadie más. Me habré confundido muchas veces y quiero hacerlo muchas más, porque no quiero una vida perfecta, quiero equivocarme y aprender de mis experiencias, que no errores, porque lo que nunca debemos hacer es arrepentirnos de lo que decidimos. Yo por lo menos intento no hacerlo.

Seamos valientes y echemos miradas con decisión a todo y a todos, que conste, que soy la primera que me lo tengo que aplicar en muchas ocasiones, pero poco a poco voy aprendiendo, porque hacerlo no es otra cosa que creer en ti y en tus posibilidades. No es otra cosa que quererte y valorarte por encima de todo. No es otra cosa que tomar las riendas de tu vida y vivirla sin miedo a cómo te mire el de al lado.

Porque la vida son sensaciones y cada uno las vivimos o deberíamos vivirlas a nuestra manera.

 


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Miradas con experiencias

Ahora podría empezar a hablar de que la experiencia es un grado, que la gente de avanzada edad tiene mayor experiencia en la vida y nos puede enseñar, pero no quiero hablar de la experiencia en ese sentido, me gustaría hablar de todas y cada una de las pequeñas experiencias que vivimos cada día y que nos hacen sentir vivos, libres. De esas pequeñas cosas que nos cuesta horrores valorar, de esas que parecen poco importantes pero que cuando te faltan se echan de menos.

Porque muchas veces parece que es necesario tener o vivir grandes cosas o experiencias para disfrutar y para aprender y nada más lejos de la realidad. No creo, afirmo que en los pequeños detalles está todo, la suma de todas las pequeñas cosas nos da el detalle más grande.

Hace unos días viví cientos de momentos increíbles en muy poco espacio de tiempo que me han demostrado mucho. He sido testigo de una boda llena de pequeños detalles que me han hecho vivir grandes experiencias. Este fin de semana he descubierto más si cabe lo que es el mimo, el cuidado, el amor por hacer las cosas bien y por hacer que los de alrededor se encuentren aún mejor.

Este fin de semana me he dado más cuenta de muchas pequeñas cosas que me han hecho conocer más a muchas personas, empezando por los novios: Eli y Carlos y siguiendo por todos y cada uno de los que he tenido al lado durante estos 3 días. Y abrir los ojos de esa manera y haberse sentido tan bien, solo se merece recibir un GRACIAS.

Carlos, Charlie, Reko, gracias por querer compartir uno de los días más importantes de tu vida conmigo. Gracias por mantener siempre la calma y ver siempre el lado positivo de las cosas. Yo soy puro nervio y muchas veces me enveneno yo sola ante tanta tranquilidad, pero gracias por no contagiarte y hacerme ver lo que realmente importa. ¡Eres único!

Eli, no he podido pasar mucho tiempo contigo, te conozco más por lo que me cuentan, pero te aseguro que solo escucho cosas buenas, así que por algo será, sobran las palabras. Eres luchadora y parece que nada es imposible para ti, lo que te propones lo consigues. Gracias también por compartir todas las experiencias de ese día tan bonito y emotivo conmigo. Me encanta y es un orgullo para mí que me sigas en esta pasión por escribir.

Gracias a mis compis de piso durante estos días.

Martita, pelitos, gracias por tu generosidad, tu fuerza y tus pequeños cabreos que me hacen reír. Gracias por olvidarte que ya tenemos “taitantos” y seguir siendo una niña mayor. Gracias por aguantar mis desahogos a diario. A mí las amigas me gustan así :). ¿Me subes la radio y bailamos?

Mi Martis, gracias por hacerme reír tanto y por no perder a esa niña inocente que llevas dentro, gracias por dejarme cuidarte como si fueras mi hermana pequeña y digo como si fueras porque el aspecto físico y la sangre nos delata, pero nuestro cariño lo puede todo. ¿Nos casamos?

Nico, mi pequeño Nico. Gracias por esas confidencias, por dejarme que te trate sin tapujos. Gracias por esos abrazos tan reconfortantes, amables y cariñosos que me das. Me transmites paz, menos cuando te entra tu nervio vacilón, que tanto me hace reír. Podría vivir abrazada a ti, pero ¿lo dejamos mejor para el invierno? ;P. Gracias por obligarme a quererte, solo espero que no sea para después poder odiarte ;).

Miguel, mi amor incondicional, divertido y sensible. Conocerte ha sido de las cosas más bonitas que me han pasado en los últimos años. En serio, me pasaría la vida hablando y riendo contigo, sin parar. Gracias por tu ternura y tu forma de mirarme, gracias por estar pendiente de mí en cada momento. ¿Crees que podría adoptarte? 🙂

Y no me puedo olvidar de mi canariona favorita, mi picantona y divertida Veris y su amor David, más picantón si cabe. Pareja para envidiar y simpática a raudales. Chicos, gracias por dejarme formar parte de vosotros. Los ratitos a vuestro lado siempre son geniales. Ya sabéis que algunas bodas se me dan mejor que otras ;), jajajajajaja.

Marina, gracias por descubrirme lo que hay detrás de la Marina curranta y madre que vemos todos los días. Por favor, sigue regalándome momentos de bailoteo y copas. Gracias por escucharme, animarme y reconocerme cuando más lo necesito. ¿Para cuando otro rico masaje sobre la arena de la playa?

Rachelita (Reichelita) ¿Conoces esa sensación que te da cuando llevas mucho tiempo sin ver o saber de una persona y cuando te reencuentras todo parece igual, como si no hubiera pasado el tiempo? ¿Cuando piensas que se han olvidado de ti y se funden contigo en un abrazo y te hacen sentir que te quieren a pesar de la distancia?. Pues eso, no hay más explicación. ¡Gracias!

Elena, mi bomboncito, nos conocemos menos, pero siempre me dedicas una sonrisa o una buena palabra y lo valoro, valoro todo por pequeño que sea. Gracias por ayudarme cuando lo necesito y por tener siempre un gesto bonito hacia mí.

Y Nata, no me olvido de ti. Gracias por tus divertidos bailoteos que nos sacan una sonrisa, por tu inocencia, que a veces es mala, pero otras se vuelve tremendamente necesaria, sobre todo para disfrutar más en determinadas situaciones. Ser niño de vez en cuando es bueno para la salud.

No quiero parecer pelota, sabéis que escribo desde el corazón y lo que no me sale no me sale, no se me suele dar bien forzar situaciones. Lo que quiero reflejar con todas estas pequeñas miradas es que gracias a todos y cada uno de vosotros, gracias a la suma de pequeños detalles, he pasado 3 días maravillosos, que repetiría sin dudar con los ojos bien cerrados, porque sé que entre todos podríais guiarme.

Quédate con todas estas pequeñas experiencias, valora cada momento, cada detalle insignificante, porque es lo que da valor y sentido a nuestra mirada, es lo que da el verdadero sentido a la vida.


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Miradas encubiertas

A mí la mentira no me gusta, rehuyo de ella porque creo que no va a ninguna parte. Engañas al otro, algo que en mayor o menor medida nos puede dar igual. Pero estamos muy confundidos, porque en realidad te engañas a ti mismo y eso, ¿de qué sirve? ¿Creerte tus propias mentiras te hace mejor o te hace sentir mejor?

Aquí está el quid de la cuestión. Algunas veces necesitamos escondernos detrás de mentiras para poder vivir mejor. Parece que si no aceptamos la realidad y nos la inventamos, conseguimos un atisbo de esperanza que nos permite respirar más profundamente, sin ahogarnos, sin salirnos de lo establecido, sin desentonar con el resto de la sociedad, sin enfrentarnos a nuestros miedos, es decir,  sin valor para afrontar, sin ganas de cambiar, sin dar sentido a quién eres, y por lo tanto, dando pie a convertirte en una persona conformista, por el simple hecho de esconderte para evitar represalias o malas miradas.

Alguna mentirijilla de vez en cuando no es mala, el problema viene cuando nos la creemos firmemente nosotros mismos, porque en ese punto ya estamos perdimos, ya estamos dejando de ser nosotros para ser nuestro yo inventado y deseado.

Seguro que muchas veces no podemos llegar a ser ese o esa que deseamos, pero por lo menos habrá que intentarlo, ¿no? De nada sirve lamentarse, sin ni siquiera haber movido un dedo para conseguir convertirnos en lo que queremos ser.

¿Y qué me decís de las corazas que a veces nos ponemos? ¿Creéis que forman parte de la mentira? Podríamos decir que más bien son miradas encubiertas, tapadas, disimuladas, para evitar el daño y el dolor. Porque nos importa mucho, demasiado diría, lo que piensen de nosotros y nos hace tanto daño la opinión que tienen otros de nosotros, que somos capaces de cualquier cosa por ocultar lo que pensamos que al otro no le va a gustar.

Siempre queremos quedar bien, pero estamos confundiendo quedar bien o ser respetuoso con alguien con tener que dar la razón y hacer como que piensas igual que la otra persona y eso, perdonad, pero no puede ser, no nos lo debemos permitir, porque si lo hacemos, ya estamos encubriendo de nuevo, ya estamos mirando de forma oculta, sin ser claros, y digo claros, no transparentes, que tampoco hace falta exponernos al cien por cien.

Aunque yo soy de esas que se exponen sin protección, a pelo, siempre digo lo que pienso o siento, cada vez más y sí, a veces me arrepiento, pero enseguida se me pasa porque pienso que en realidad no he hecho nada más que ser yo misma, sin pensar en nadie más que en mí. Y si en algún momento no quiero ser clara o expresar mis pensamientos, no miento, no miro de forma encubierta, sencillamente me callo. Porque muchas veces es mejor permanecer con la boca cerrada que mentir y hacer creer al resto cosas que todos sabemos que no son verdad.

 


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El juego de una mirada

Un día me dijo mi hermano: cuando no quieras que te caiga una bronca o pases de escuchar a alguien ya sea para bien o para mal es muy importante que no mantengas contacto visual con esa persona. Porque entonces irá a por ti. Es un poco así como la mirada del oso, me decía, aunque creo que esto va más con los gorilas. Si los miras directamente a los ojos, tienes muchas posibilidades de que te ataque, porque lo sienten como una amenaza o provocación.

Y qué razón tiene, esto pasa también con las personas. El otro día me encontraba con una amiga en un bar y si mirabas de reojo a nuestro alrededor, encontrabas unas cuantas miradas buscando un pequeño contacto para poder empezar a hablar o para dedicarte algún gesto amable. “No contacto visual” nos repetíamos una y otra vez. Aunque a veces ni eso daba resultado y otras incluso lo buscábamos nosotras. Es un juego divertido, aunque a veces demasiado arriesgado 🙂

Con esto quiero poner de relieve la importancia de las miradas. A veces solo es necesaria una de ellas para que puedan llegar a surgir muchas cosas, por supuesto, no siempre negativas, casi siempre acaban siendo agradables o por lo menos divertidas, dependiendo de muchos factores. Muchas veces no es necesario intercambiar ni una sola palabra para comprender lo que nos dice una mirada.

Hay gente que se dedica a buscar miradas desesperadamente por entablar una conversación, no me parece mal, pero a algunas se les ve el plumero. Por ejemplo, llevo unos 8 años cogiendo el mismo tren por las mañanas, pues resulta que hay un chico/madurito, que hace lo mismo todos los días y siempre va buscando que alguna chica, y digo chica porque siempre es así, si es joven y aparente mucho mejor, cruce su mirada con él para sentarse al lado y preguntarle cosas como, perdona, este tren va a las Rozas, es que hace mucho que no vengo por aquí. ¿Hola?, ¿me estás vacilando? Aunque claro, yo que soy tan educada y no me gusta quitar la ilusión a nadie, le he contestado varias veces amablemente en lugar de decirle, ve a vacilar a Rita, chatito.

Pero así son las cosas, por eso yo evito ciertas miradas, aunque también es cierto que busco muchas otras. Puedes estar a bastantes metros de distancia, pero como haya contacto visual…, prepárate para lo que viene, porque puede dar pie a un juego que nunca sabremos cómo va a terminar.

Y es en este juego donde te das cuenta de la gran cantidad de tipos de mirada que existen: miradas desafiantes, amables, simpáticas, bordes, pesadas, envidiosas, de pena, de alegría, de seducción, apáticas, de asco, misteriosas, atrevidas, descaradas. Un sin fin de miradas, que no las tienen unos sí y otros nos. Todos y cada uno de nosotros las compartimos. Todos en algún momento de nuestra vida hemos echado a alguien alguna de estas miradas, ¿o no?, ¡piénsalo!. Acabo de hacer la prueba y he ido haciendo repaso por cada una de ellas y en todas me viene a a cabeza alguna situación con alguien en la que mis ojos has expresado ese sentimiento. Esto no nos hace ni mejores ni peores, nos hace sinceros y ricos, porque mirar siempre igual es aburrido, pobre y de poco fiar.

Por eso debemos de jugar con las miradas. Como decía es algo muy divertido, pero tienes que estar dispuesto a jugar y a arriesgarte. No vale provocar y luego hacerse el loco, no, hay que cumplir unas normas. Si juegas, tienes que llegar hasta el final, aunque luego des media vuelta y abandones el juego.

¿Te atreves?